No se puede uno fiar de nadie, tampoco de las Comunidades Autónomas, esas niñas que parecían tan monas. Hasta ahora sus travesuras se lavaban como los platos sucios, pero ahora piden cuentas los vecinos y ya todo el mundo sabe que el problema iba mucho más allá de un déficit de falda y que están para internarlas en el reformatorio. O en el hospital. España quería ser monárquica y constitucional y también federal sin que se notase, y se ha quedado en urdangarínica y discrecional y tribal, que es la caricatura. El latrocinio y el relativismo y los clanes no sirven para Europa que es un club que exige chaqueta para entrar y también para estar. Cuánto se hizo, o cuánto se dice que se hizo para obtener el carné de socio, y cuánto se celebró y se vendió, para luego creerse que podía uno ponerse la corbata de cinta en la cabeza sin consecuencias, en plan baile de boda. Da la impresión de que a los españoles no se les puede sacar de casa. Ahora estas niñas consentidas se pelean por demostrar quien la armó más gorda. Y la culpa, por supuesto, no la tienen ellas sino los que no les pusieron hora de llegada y luego, además, urdieron el engaño antes de que se les retirase la custodia.
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Va a ser verdad que Díez es estupenda en el sentido de Rajoy. Cuando sólo se trata de hablar se puede hacer un discurso como un poema que sobrecoge al pueblo en plan Pushkin, y además Toni Cantó queda estupendamente sentado en el Congreso. Pero una cosa es recitar y otra gobernar. Ya se sufre en qué estriba la diferencia y en el mundillo se sabe que Rosa teje en la calle y en el escaño, mientras ahí fuera algunas moscas, las suficientes para una manita de diputados, han caído en la telaraña. La cosa va un poco de intromisión en el juego, rebañamierdas lo llaman en jerga de tahúres, de los que apuestan a la chica que es como ganar sacando al tenis de cuchara. En el fondo de los mares UPyD es un parásito de esos que van pegados a las ballenas, y que les chupan la sangre igual que los votos que les caen como arpones dirigidos a sus huéspedes. Tanto hablar de alternativas y ahora sobran comunistas y fascistas e independentistas y ecologistas, y hasta carlistas y fumadores de marihuana y otras bromas como ideología. Y sin embargo a todos se les imprime una papeleta. El truco para hacer una buena tela, pegajosa y resistente, está en no parecer de coña haciéndose original con lo mejor de cada tropa. Una buena e incluso loable estrategia si no fuera una utopía barata y luego grotesca y al fin falaz; un partido Frankenstein, de Rosa Díez, creado con el estallido de la tormenta.
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Al nacionalismo no le queda más remedio que ocultarse de nuevo bajo tierra, como en un invierno de hormiga, y esperar otra burbuja. Lo dice hasta Durán, y eso que vive en el Ritz como una reina, lo mismo en el calor que en el frío. Sucede siempre tras toda la parafernalia, y más ahora que ésta se ha quedado en el esqueleto, que las cosas del terruño son tan prescindibles en política como una diputación, y tan absurdas en sus pretensiones como un pinganillo en el Senado, cumbre de la ostentación provinciana que ha terminado hasta por vestir a España de hortera en los Juegos. Pero esta es otra historia. Mientras a los más moderados cabría decirles aquello de Neruda: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente…”, van y reaparecen los de la ETA tan oportunos como Steve Urkel en casa de los Winslow. Y hasta con la misma pinta. España es una tragicomedia que no termina (y que no termine) de precipitarse entre ocurrencias propias que hace tiempo que perdieron la gracia, pero nunca se pensó que los terroristas pudieran producir una sitcom, aunque sea de un segundo de duración, gracias a un protagonismo convertido en residuo por una crisis que hasta a ellos les ha puesto a pedir limosna.
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Duérmete niño, duérmete ya, que viene el corralito y te comerá. Lo dice Krugman, que es un economista premio Nobel que se va pareciendo a Nostradamus pero a corto plazo, con un par… de columnas mensuales en el niuyortaims. El corralito asusta tanto al personal que le dan ganas de correr (al banco) en cuanto oye su nombre para luego, agotado, descubrir que se le han ensuciado los interiores. Puede que el corralito sea el argentino más famoso después de Maradona, que sólo asustaba a los defensas y a los presidentes. Ahora es Kirchner quien se pavonea, pero acollona más a los concesionarios y dicen también que en sus despertares. Nada es comparable al corralito que es un coco moderno y adulto venido de Buenos Aires, donde no sólo se expropia sino que también se exporta. Y muchas cosas más, no vaya nadie a creer en reducciones por culpa del lenguaje y de algunos medios y de algunos políticos. Pero, tratando de no desviarse mucho, el tal Krugman se le hace un bocazas con carné y megáfono, además de con ínfulas de David Copperfield, el mago que volaba sobre los escenarios, a sabiendas de que el malvado corralito solo se aparece cuando se le invoca. El truco del emérito es tan viejo como aquel por el que el niño ha mojado siempre las sábanas entre terribles pensamientos que ahora se llaman rumores, y que mueven los índices del mundo.
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Igual en vez de indignarse, como posibilidad, uno debería mirarse. Puede ser que el Estado del Bienestar, esencialmente socialdemócrata (aprovechando que lo han puesto de moda desde el París de la Francia), sea simplemente una coyuntura que se acaba ahora. No hay generación que viva y muera bajo el ideal de su nacimiento o en el de sus conquistas. Al final, o al principio, o en el medio siempre llueve. Y moja. Quizá, como Orwell, sea tiempo de escribir un homenaje a una época, o quizá ya se haya escrito demasiado sobre esto sin llegar a ninguna parte. Otra belle epóque volverá y se marchará de nuevo como en aquella Cataluña efímera. Ocurre que apenas hay conciencia de otro estado y no se sabe lo que se quiere. Y tampoco se busca en los anaqueles, entre otras cosas, porque ya no hay nada sobre ellos. Se quiere lo que en realidad nunca se tuvo; y dicen que no ha habido una generación tan preparada. Igual tampoco se cogió a ninguna tan desprevenida.
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Se decía hace unos días por aquí que Rajoy no era gracioso, y menos los viernes. Pero sí que tiene su aquel en el parlamento, así como Julio Camba lo tenía en el papel prensa, que de un aire se hacía una frase con una carcajada de regalo en la última letra, en plan McGyver creando ingenios con su navaja. Había empezado la sesión de control con la pregunta del senador Vilajoana, acerca de unas palabras del compareciente en las que apelaba a Cataluña a “hacer política con mayúsculas”. Dada cumplida y cordial (casi fraternal) respuesta, así como tras las sucesivas réplicas, le ha llegado el turno al senador Iglesias, quien se ha gustado deseándole al Presidente, de entrada, con mirada de golfillo y pinta de monje benedictino, que pudiera salir esta vez con normalidad de la Cámara Alta, con gran éxito de este tema entre sus filas, para continuar interpretando el Olvídame y pega la vuelta de promesas electorales incumplidas, y terminar su actuación entre aplausos. Ha sido entonces cuando, dirigiéndose al respetable el interpelado, con la mirada puesta en aquel senador catalán, ha espetado con gallega sonrisa: ¿Ve usted, señor Vilajoana, a qué me refería con lo de hacer política con mayúsculas? A uno Iglesias le ha recordado a la cabra aquella que le ponían al tiranosaurio de ‘Parque Jurásico’, y aún más a la de después, cuando ya solo quedaba la plataforma y la cadena colgando.
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El candidato Pérez siguió las elecciones francesas desde Ferraz, y uno le imagina, como el miércoles a los atléticos (más piadosos los bilbaínos), haciendo cuentas con el rosario. Habría que ver a Valenciano con la bufanda del gallo y a la otra Soraya con la tricolor pintada en las mejillas saltando desaforadas en el minuto noventa. Quieren creer, por supuesto, que el campeón Hollande es la socialdemocracia rediviva en un descuento y que la austeridad que ponen de vuelta y media les va a llevar a la Moncloa. Pronto se va a ver cómo responde (o cómo ha de responder) François a las esperanzas de sus seguidores, aquellos de ‘La vida de Brian’, pero da la impresión de que ven la victoria como si fuera hasta simpática su gestión reciente, cuando es tan graciosa como Rajoy los viernes. Va a resultar que la socialdemocracia, definida por sus usos actuales (aunque quizá sean los de siempre), es aquella que le permite a uno desentenderse de sus propios actos responsables y regresar al día siguiente purificado para pedirle cuentas (y no las del rosario) al sustituto. Pero se sabe que no es esto, no es esto. Muerta la ética en el político ya casi todo corre a cargo de Maquiavelo, en cuyo pensamiento caben todos sin excepción desde hace cinco siglos en los que pocos gobernandos se han enterado pese a la educación pública y gratuita por la que claman los que, a la primera de cambio, meten a sus niños en un liceo.
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Hollande dice amar a los franceses, lo cual debe de ser emocionante en Francia. Si Rajoy dijera amar a los españoles moriría de chirigota. Ya se sabe como son las comparaciones, pero la euforia le hace a uno decir cosas que tiempo después rechinan, como lo del pleno empleo o la championlig, por muy insuperables que sean ambas. Amar es bueno en París y en Madrid, pero la frase suena a curda multitudinaria, puede que porque uno sea español. Hay botellón en la Bastilla, y después de la juerga viene la resaca. Luego siempre ha de llegar la calma, cuando hay que adaptar a Edith Piaf al déficit. Antes Merkel y Sarkozy se daban abrazos de primos, y ahora Angela y François se tendrán que dar la mano de colegas. Nunca está de más la seriedad pero la incógnita es el electo que promete la vida en rosa sin desnudarse, que no se entiende del todo. Se dice que es inconsistente y por aquí es como si se vuelve a oír tocar a réquiem, aunque muchos no sepan lo que es eso, ni siquiera ahora, y hasta lo bailen como el si eu te pego. Hace cinco años Sarko les emocionaba y ahora no les emociona nada más que La Marsellesa, que ya es mucho, y además como si, en vez de en la Bastilla, la entonaran en el Rick’s de Casablanca.
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A Serrat uno le recuerda siempre prudente. Al contrario que a Sabina, que tardó más en triunfar y tuvo que extenderse en la provocación, que era gratis, o casi. Luego ya no se necesita llamar la atención y entonces se deja de armar jaleo y parece que nunca se fue un sexpistol de tanto escribir sonetos. Los hay que en sí mismos son un espectáculo y los hay que se retroalimentan en compañía. Lo de la Zeja dio para mucho y así como Sabina se puso el dedo sobre el ojo por capricho, a Serrat parecía que en el ojo le había nacido un nuevo ser con tanta gente nueva alrededor. El andaluz venía de sótanos calientes antes de las tertulias sobre Neruda en el jardín, mientras el catalán lo hacía desde su mismidad y Miguel Hérnandez para encontrar un mundo lleno de luz y de color. Lo deben de estar pasando bien los dos pájaros (así se llaman ellos mismos), o eso pretenden aparentar, porque el discurso de “España está como el culo” es el de la promoción del allí donde fueres con un toque de Johnny Rotten, donde Joaquín reverdece con el bastón de Juanito que está, por lo que parece, a verlas venir de su pareja en esta aventura de madurez como estrella del rock, al menos en el fotocol.
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A todo lo consultivo le acompaña lo prescindible en el imaginario actual. Es como antaño cuando a las artistas se las tenía por putas en genérico. El pueblo se crea (le crean) sus dogmas y los representa, o pretende representarlos, como el guión de una obra de teatro. En el Madrid de la Guerra Civil fusilaban a los de traje y corbata porque así no se vestían los republicanos. Ahora no se fusila pero a toda institución se la mira con recelo, como con ganas de llevársela de paseo. En este plan está muy de moda el Consejo de Estado, cuyo solo nombre ya evoca pensamientos encontrados: por consejo, como aquel en el que presta sus servicios el sindicalista Martínez, entre otros, y por Estado, que ya se sabe quién lo financia. Pero ha de andarse con tiento a la hora de arremeter, en este caso cuando lo que se tercia es la poda donde se corre el riesgo de cortar lo que no se debe. Hay individuos verdaderamente eméritos en el seno del órgano, en todo caso, desaprovechados con tanta consulta de figurín; y hay otros, como Rodríguez, que ni aún en la no literal concepción de consejo soportan su inclusión, por mucho que la cosa sea tan legal como expropiar, que también está de moda. No estaría de más que se mirase bien, por si cupiera, o no, en una de las reformas de los viernes, aunque signifique rascar la Constitución que a simple vista, de la birria que es el ciento siete, es casi como no tocarla.
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